II
Aprieto
los párpados contra el colchón de espuma y vuelvo a ver las curvas
aceitunadas de las bailarinas agitar el aire almizclado con sus
campanillas. El viento traía arena y espuma de mar. Lograste
convencerme de que me gustaba.
Observo a las muchachas,
sus figuras esbeltas, sus largas y onduladas cabelleras morenas
rozando con caricias traviesas sus caderas, y me pregunto qué haces
comprando cuscús para compartir conmigo. Conmigo, y no con
cualquiera de esas bellezas moriscas.
Vuelves, me entregas el
plato y un beso ligero en la frente. Te sientas a mi lado en el muro
en el que te esperaba. Contemplas la danza mientras comes y charlas
sobre la gente. Ríes, despreocupado y jovial; no sabes ser de otra
manera.
Aún no termino de
comprender por qué pensaste que me gustaría Marruecos. La ropa se
me pega a la piel como la cáscara húmeda de una cebolla, me siento
envasada al vacío y cocinada al vapor. La comida es picante,
demasiado agresiva para mi estado, por no hablar de ese tufillo
intenso a especias que me encuentra allá donde vaya, recordándome
las nauseas. Ah, y la arena, los malditos granos de arena que se me
cuelan en los lagrimales, en la lengua, en los pulmones y me azotan
la piel cuando el levante sopla con fuerza.
Y mientras tú, radiante
como nunca, te sacudes el polvo dorado del pelo castaño y brillas
con tu sonrisa infantil. Curioseas por el mercado con exultante
devoción, hueles el sol en el aire y hablas de llevarme a Egipto en
la próxima caravana. Sólo tú puedes ser tan inconsciente.
Las sombras del
crepúsculo tiñen las murallas de arcilla de sangre. Desde aquí,
las siluetas de las jóvenes y sus sedas etéreas contra el
espectáculo rosa y naranja deja una huella imborrable en mi memoria.
Te deshaces de los
platos en cualquier parte y me tomas de la mano. Vamos —me
dices—, antes de que enciendan las luces del puerto.
Me arrastras precipitadamente
por unas tortuosas escaleras
semiderruidas
que conducen a la playa
(en
las que me habría
abierto la cabeza de no ser por tus reflejos).
Desde la orilla me
señalas con entusiasmo
los barcos pesqueros en la distancia, me pides que espere y observe
con atención. Tu misterioso fenómeno se hace de rogar, así que te
enarco una ceja incrédula. Te ofendes con gracia e insistes. Me
rodeas la espalda con un brazo y apoyas
la cara en mi pelo, forzándome, a tu gentil manera, a hacer
lo que me pides.
Uno
a uno, los barcos encienden hileras de farolillos rojos y amarillos
que cuelgan de sus mástiles. El
horizonte se inflama de luces.
Me asalta el síndrome de
Florencia, siento la presión
de la belleza envolviendo mis pulmones. Tu abrazo se hace más
fuerte. Inclino la cabeza
hacia tu mandíbula áspera
con un nudo en la garganta.
Me
dejas disfrutar en silencio de las caricias de tu respiración
pausada. Poco a poco, el ocaso perece, y el agua se convierte en un
espejo de ébano ondeante.
Jugamos
con la espuma de las olas.
No sé como, me empujas poco a poco mar adentro, te abalanzas sobre
mí y me sumerges con una facilidad insultante. Compartimos besos de
sal y risas. Me
sostienes sobre las olas,
floto en tus brazos en círculos lentos.
Le das un beso largo a mi
ombligo. Tras mi piel, Jackie te lo devuelve.
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