26/11/13

Cowboy Hat II

II


Aprieto los párpados contra el colchón de espuma y vuelvo a ver las curvas aceitunadas de las bailarinas agitar el aire almizclado con sus campanillas. El viento traía arena y espuma de mar. Lograste convencerme de que me gustaba.

Observo a las muchachas, sus figuras esbeltas, sus largas y onduladas cabelleras morenas rozando con caricias traviesas sus caderas, y me pregunto qué haces comprando cuscús para compartir conmigo. Conmigo, y no con cualquiera de esas bellezas moriscas.
Vuelves, me entregas el plato y un beso ligero en la frente. Te sientas a mi lado en el muro en el que te esperaba. Contemplas la danza mientras comes y charlas sobre la gente. Ríes, despreocupado y jovial; no sabes ser de otra manera.
Aún no termino de comprender por qué pensaste que me gustaría Marruecos. La ropa se me pega a la piel como la cáscara húmeda de una cebolla, me siento envasada al vacío y cocinada al vapor. La comida es picante, demasiado agresiva para mi estado, por no hablar de ese tufillo intenso a especias que me encuentra allá donde vaya, recordándome las nauseas. Ah, y la arena, los malditos granos de arena que se me cuelan en los lagrimales, en la lengua, en los pulmones y me azotan la piel cuando el levante sopla con fuerza.
Y mientras tú, radiante como nunca, te sacudes el polvo dorado del pelo castaño y brillas con tu sonrisa infantil. Curioseas por el mercado con exultante devoción, hueles el sol en el aire y hablas de llevarme a Egipto en la próxima caravana. Sólo tú puedes ser tan inconsciente.
Las sombras del crepúsculo tiñen las murallas de arcilla de sangre. Desde aquí, las siluetas de las jóvenes y sus sedas etéreas contra el espectáculo rosa y naranja deja una huella imborrable en mi memoria.
Te deshaces de los platos en cualquier parte y me tomas de la mano. Vamos —me dices—, antes de que enciendan las luces del puerto. Me arrastras precipitadamente por unas tortuosas escaleras semiderruidas que conducen a la playa (en las que me habría abierto la cabeza de no ser por tus reflejos). Desde la orilla me señalas con entusiasmo los barcos pesqueros en la distancia, me pides que espere y observe con atención. Tu misterioso fenómeno se hace de rogar, así que te enarco una ceja incrédula. Te ofendes con gracia e insistes. Me rodeas la espalda con un brazo y apoyas la cara en mi pelo, forzándome, a tu gentil manera, a hacer lo que me pides.
Uno a uno, los barcos encienden hileras de farolillos rojos y amarillos que cuelgan de sus mástiles. El horizonte se inflama de luces. Me asalta el síndrome de Florencia, siento la presión de la belleza envolviendo mis pulmones. Tu abrazo se hace más fuerte. Inclino la cabeza hacia tu mandíbula áspera con un nudo en la garganta.
Me dejas disfrutar en silencio de las caricias de tu respiración pausada. Poco a poco, el ocaso perece, y el agua se convierte en un espejo de ébano ondeante.
Jugamos con la espuma de las olas. No sé como, me empujas poco a poco mar adentro, te abalanzas sobre mí y me sumerges con una facilidad insultante. Compartimos besos de sal y risas. Me sostienes sobre las olas, floto en tus brazos en círculos lentos. Le das un beso largo a mi ombligo. Tras mi piel, Jackie te lo devuelve.


No hay comentarios:

Publicar un comentario